El cáncer de endometrio es una neoplasia maligna que se origina en el revestimiento interno del útero. Su desarrollo está relacionado principalmente con la exposición prolongada del tejido endometrial a los estrógenos sin una oposición adecuada de la progesterona, las alteraciones metabólicas, el envejecimiento y determinadas predisposiciones genéticas. La importancia de cada factor depende de su intensidad, duración y coexistencia con otros factores de riesgo. La evidencia epidemiológica también demuestra que no todos los casos se explican por un mismo mecanismo biológico, ya que existen tumores con características moleculares y clínicas diferentes.
1. Obesidad, sobrepeso y aumento de peso corporal
La obesidad constituye uno de los factores de riesgo modificables más importantes para el cáncer de endometrio, especialmente para los tumores de tipo endometrioide, que representan una de las principales formas histológicas de esta neoplasia. La relación entre el índice de masa corporal y el riesgo de desarrollar la enfermedad es gradual: conforme aumenta la adiposidad, también aumenta el riesgo, aunque la magnitud individual depende de otros factores biológicos y clínicos.
El mecanismo principal se relaciona con la actividad endocrina del tejido adiposo. Después de la menopausia, cuando la producción ovárica de estrógenos disminuye considerablemente, el tejido adiposo adquiere mayor importancia como fuente de estrógenos mediante la conversión periférica de andrógenos en estrona. En las personas con obesidad, esta producción puede incrementar la exposición estrogénica del endometrio y favorecer la proliferación persistente de sus células. Cuando este estímulo se mantiene durante períodos prolongados, aumenta la probabilidad de que aparezcan alteraciones celulares y moleculares que favorezcan la transformación maligna.
Además, la obesidad suele acompañarse de resistencia a la insulina, hiperinsulinemia e inflamación crónica de bajo grado. Estas alteraciones metabólicas pueden favorecer la proliferación celular y modificar las vías de señalización que regulan el crecimiento, la supervivencia y el metabolismo de las células. La disminución de la globulina transportadora de hormonas sexuales también puede aumentar la disponibilidad de estrógenos biológicamente activos. Por ello, la asociación entre obesidad y cáncer de endometrio no depende exclusivamente del aumento de estrógenos, sino también de la interacción entre mecanismos hormonales, metabólicos e inflamatorios.
La evidencia epidemiológica indica que el riesgo aumenta de manera importante en los grados más elevados de obesidad. Sin embargo, el peso corporal no permite predecir por sí solo si una persona desarrollará cáncer, y la ausencia de obesidad tampoco excluye la posibilidad de padecerlo.
2. Exposición prolongada a estrógenos sin oposición de progesterona
La exposición estrogénica sin una oposición progestacional suficiente constituye uno de los mecanismos centrales en la carcinogénesis endometrial. Los estrógenos estimulan la proliferación de las células endometriales durante el ciclo menstrual. La progesterona, por su parte, limita este estímulo proliferativo y favorece la transformación secretora del endometrio. Cuando predomina la estimulación estrogénica durante períodos prolongados, puede producirse una proliferación glandular excesiva, seguida en determinados casos por hiperplasia endometrial y, eventualmente, por transformación maligna.
Esta exposición hormonal puede tener un origen endógeno o exógeno. Entre las situaciones endógenas destacan la anovulación crónica, la obesidad y algunos tumores ováricos productores de estrógenos. Entre las causas exógenas se encuentra el tratamiento hormonal con estrógenos sin una protección progestacional adecuada en personas que conservan el útero. El riesgo depende de la dosis, la duración del tratamiento y las características clínicas de cada paciente.
La terapia hormonal para la menopausia requiere una distinción importante. En las personas con útero intacto, el uso sistémico de estrógenos sin protección progestacional incrementa el riesgo de hiperplasia y cáncer endometrial. La incorporación apropiada de un progestágeno reduce este riesgo, aunque la seguridad del esquema depende de la formulación, la pauta y el tiempo de exposición. Por tanto, no todas las terapias hormonales tienen el mismo efecto sobre el endometrio.
3. Edad y estado menopáusico
La edad avanzada es uno de los factores de riesgo más consistentes para el cáncer de endometrio. La enfermedad se diagnostica principalmente después de la menopausia, y la edad promedio al diagnóstico se sitúa alrededor de los 60 años. Esta asociación refleja, entre otros mecanismos, la acumulación progresiva de alteraciones moleculares durante el envejecimiento y la exposición hormonal acumulada a lo largo de la vida.
La menopausia tardía también incrementa el riesgo porque prolonga el número total de años durante los cuales el endometrio está expuesto a los ciclos hormonales. De forma semejante, la menarquia temprana, es decir, el inicio de la menstruación a una edad temprana, aumenta la duración de la exposición hormonal acumulada. Ambos factores se relacionan principalmente con una mayor exposición estrogénica durante la vida reproductiva.
Es importante precisar que la edad no constituye una causa aislada ni implica que el cáncer sea inevitable. Las alteraciones hormonales, metabólicas y genéticas pueden modificar sustancialmente el riesgo individual, incluso entre personas de edades similares.
4. Nuliparidad, infertilidad y síndrome de ovario poliquístico
La nuliparidad, definida como no haber tenido embarazos que lleguen al parto, se asocia con un mayor riesgo de cáncer de endometrio. Durante el embarazo se interrumpe temporalmente la exposición cíclica habitual del endometrio a los estrógenos y aumenta la influencia de la progesterona. Por ello, la ausencia de embarazos puede contribuir a una exposición hormonal acumulada más prolongada. Sin embargo, la nuliparidad también puede estar relacionada con otras circunstancias, como la infertilidad y las alteraciones ovulatorias, por lo que no debe interpretarse como una causa independiente en todos los casos.
El síndrome de ovario poliquístico es otro factor relevante, especialmente cuando se acompaña de anovulación crónica. En esta condición, la ovulación ocurre con menor frecuencia o está ausente, lo que puede reducir la producción cíclica de progesterona y permitir una estimulación estrogénica endometrial relativamente persistente. La obesidad y la resistencia a la insulina, frecuentes en algunas personas con este síndrome, pueden reforzar este mecanismo.
La asociación entre síndrome de ovario poliquístico y cáncer de endometrio está respaldada por estudios epidemiológicos y metanálisis. No obstante, su magnitud puede variar según la edad, el índice de masa corporal, la duración de la anovulación y otras características clínicas. Por tanto, el diagnóstico del síndrome no significa que necesariamente se desarrollará una neoplasia.
5. Hiperplasia endometrial, especialmente con atipia
La hiperplasia endometrial consiste en un crecimiento excesivo de las glándulas del endometrio. Se produce cuando la proliferación glandular supera los mecanismos fisiológicos que regulan el crecimiento y la diferenciación del tejido. Puede aparecer en contextos de exposición estrogénica prolongada y constituye un hallazgo clínico importante porque algunas de sus formas están asociadas con el desarrollo posterior de cáncer.
La presencia de atipia celular modifica considerablemente la relevancia de esta lesión. La hiperplasia endometrial sin atipia tiene un riesgo de progresión relativamente bajo, mientras que la hiperplasia atípica, también denominada neoplasia intraepitelial endometrial en la clasificación correspondiente, representa una lesión precursora de mayor importancia clínica. Puede coexistir con un carcinoma ya establecido o evolucionar hacia él.
Por este motivo, la hiperplasia con atipia no debe considerarse simplemente un engrosamiento endometrial benigno. Su diagnóstico requiere valoración ginecológica, estudio histopatológico y manejo individualizado según el riesgo, la edad y el deseo reproductivo.
6. Diabetes mellitus tipo 2 y síndrome metabólico
La diabetes mellitus tipo 2 se asocia con un incremento del riesgo de cáncer de endometrio. Una parte de esta asociación puede explicarse por la coexistencia de obesidad, resistencia a la insulina y alteraciones hormonales. Por ello, es necesario distinguir entre el efecto de la diabetes en sí misma y el efecto de las condiciones metabólicas que suelen acompañarla.
La resistencia a la insulina provoca que los tejidos respondan de manera menos eficaz a esta hormona, lo que puede conducir a una elevación compensatoria de sus concentraciones circulantes. La hiperinsulinemia puede favorecer la señalización relacionada con la proliferación celular y modificar la disponibilidad de factores de crecimiento. A su vez, la inflamación crónica y las alteraciones del metabolismo energético pueden contribuir a un entorno biológico que facilite la carcinogénesis. Estos mecanismos son plausibles y están respaldados por investigación sobre obesidad y cáncer, aunque no explican por sí solos todos los casos asociados con diabetes.
El síndrome metabólico, caracterizado por la combinación variable de adiposidad abdominal, hipertensión arterial, alteraciones de la glucosa y dislipidemia, también se asocia con mayor riesgo. No obstante, sus componentes están interrelacionados, de modo que no es correcto atribuir a cada uno una contribución independiente idéntica.
7. Tratamiento con tamoxifeno
El tamoxifeno es un modulador selectivo de los receptores de estrógeno utilizado principalmente para tratar determinados tipos de cáncer de mama y reducir el riesgo de su aparición en pacientes seleccionadas. Aunque ejerce un efecto antiestrogénico en el tejido mamario, puede producir efectos estrogénicos parciales en el endometrio. Esta actividad puede favorecer la proliferación endometrial y aumentar el riesgo de cáncer uterino.
El riesgo relacionado con el tamoxifeno depende de la duración del tratamiento y del estado menopáusico. La evidencia indica que el incremento es más relevante con el uso prolongado y en mujeres posmenopáusicas. Esto no significa que deba suspenderse un tratamiento indicado, porque sus beneficios frente al cáncer de mama pueden superar sus riesgos; significa que la decisión terapéutica debe considerar el balance entre ambos.
La aparición de sangrado uterino anormal durante el tratamiento, especialmente después de la menopausia, requiere evaluación clínica. El sangrado no demuestra por sí mismo la presencia de cáncer, pero debe investigarse para descartar hiperplasia, carcinoma u otras causas ginecológicas.
8. Predisposición genética y antecedentes familiares
La mayoría de los cánceres de endometrio son esporádicos, pero una proporción se relaciona con variantes genéticas hereditarias que aumentan la susceptibilidad al cáncer. Entre los antecedentes clínicos que justifican una evaluación más detallada se encuentran la aparición de cáncer endometrial a edades relativamente tempranas, varios familiares afectados por cáncer colorrectal o endometrial y la presencia de múltiples tumores asociados con síndromes hereditarios.
El síndrome de Lynch es la predisposición hereditaria más importante que debe considerarse. Se relaciona con variantes patogénicas en genes responsables de la reparación de errores del ácido desoxirribonucleico, entre ellos MLH1, MSH2, MSH6 y PMS2, así como con determinadas alteraciones de EPCAM. Cuando estos mecanismos de reparación fallan, las células acumulan alteraciones genéticas que pueden facilitar el desarrollo de tumores. Las personas portadoras presentan un riesgo elevado de cáncer endometrial y también pueden tener mayor susceptibilidad a cáncer colorrectal y otros tumores.
Otro síndrome hereditario relevante es el síndrome de Cowden, relacionado con alteraciones patogénicas en PTEN. Este gen participa en la regulación de vías celulares que controlan el crecimiento y la supervivencia. La pérdida de su función puede favorecer la proliferación anormal y aumentar la susceptibilidad a determinadas neoplasias, incluido el cáncer de endometrio.
Los antecedentes familiares también son importantes aunque no se haya identificado un síndrome hereditario. Tener una madre, hermana o hija con cáncer de endometrio se asocia con un riesgo superior al de la población sin ese antecedente. Sin embargo, la historia familiar debe interpretarse junto con la edad al diagnóstico, el número de familiares afectados y los tipos de cáncer presentes en la familia.
9. Otros factores y condiciones que requieren una interpretación cuidadosa
La inactividad física se relaciona con un perfil de riesgo desfavorable, en parte por su asociación con el aumento de peso y las alteraciones metabólicas. La actividad física puede contribuir a reducir el riesgo, aunque la magnitud de su efecto independiente sobre el cáncer de endometrio es menos concluyente que la evidencia disponible para la adiposidad corporal.
La alimentación también ha sido investigada. Algunos estudios han encontrado asociaciones entre determinados patrones alimentarios y el riesgo de cáncer endometrial, pero la evidencia no es uniforme para todos los alimentos o nutrientes. Por ello, no resulta científicamente adecuado atribuir a un alimento aislado una relación causal definitiva con la enfermedad.
Asimismo, se han estudiado otros tratamientos hormonales y diversas condiciones endocrinas. Su efecto depende de la sustancia, la formulación, la duración del uso y las características de la paciente. No todos los medicamentos que actúan sobre los receptores hormonales incrementan el riesgo de la misma manera: por ejemplo, la evidencia disponible no muestra un aumento equivalente con raloxifeno, cuyo efecto sobre el endometrio difiere del del tamoxifeno.
Conclusión
El cáncer de endometrio tiene una etiología multifactorial, pero los factores con mayor relevancia clínica son la obesidad, la exposición prolongada a estrógenos sin oposición de progesterona, la edad avanzada, la anovulación crónica, la hiperplasia endometrial con atipia y determinadas predisposiciones genéticas. La diabetes mellitus tipo 2, el síndrome metabólico, la nuliparidad, la menarquia temprana, la menopausia tardía y el uso prolongado de tamoxifeno también contribuyen al perfil de riesgo.
Desde el punto de vista preventivo, identificar los factores modificables permite intervenir sobre el peso corporal, las alteraciones metabólicas y la exposición hormonal cuando sea clínicamente apropiado. En cambio, los antecedentes hereditarios y las lesiones endometriales premalignas requieren estrategias específicas de evaluación y seguimiento. Ningún factor aislado permite predecir con certeza quién desarrollará cáncer, y la ausencia de factores de riesgo conocidos no excluye la enfermedad.
Fuente y lecturas recomendadas:
- National Cancer Institute. (s. f.). Endometrial cancer prevention (PDQ®): Health professional version.
- National Cancer Institute. (2025, 6 de mayo). Endometrial cancer: Causes, risk factors, and prevention.
- National Cancer Institute. (s. f.). Endometrial cancer treatment (PDQ®): Health professional version.
- Onstad, M. A., Schmandt, R. E., & Lu, K. H. (2016). Addressing the role of obesity in endometrial cancer risk, prevention, and treatment. Journal of Clinical Oncology, 34(35), 4225–4230.
- Risk factors for endometrial cancer: An umbrella review of the literature. (2019). International Journal of Cancer. Registro bibliográfico en PubMed:
- Endometrial cancer. (2022). The Lancet. Texto disponible en PubMed Central:
- Segundo Consenso Mexicano de Cáncer de Endometrio. (2025). Ginecología y Obstetricia de México.
Originally posted on 3 de febrero de 2023 @ 7:00 AM


